Si te llevan una carta (de la junta electoral) y no viene perfumada…

Durante estos días se está procediendo a los “sorteos” de las mesas electorales que “llamarán a filas ” a unas 500.000 personas (entre titulares y suplentes de las mesas) el próximo 26J. Creemos que es un momento oportuno para volver a recoger el texto con el que arrancamos con este blog, cuando empezamos a llamar a la gente a practicar la insumisión electoral.

Así que, ya sabes… (y aquí nos tienes para lo que te podamos apoyar).

 

Si te mandan una carta, y no viene perfumada... Así comenzaba la canción de Kojón Prieto y los Huajalotes con la que hace 25 años animaban a los 200.000 jóvenes que anualmente eran obligados a formar parte de la milicia a declararse insumisos, bajo amenaza de penas de prisión y pérdida de algunos derechos civiles. Y con una carta notificada y sin perfumar comienza igualmente el procedimientoo por el que la LOREG obliga en cada proceso electoral a más de 500.000 personas de todo el Estado (entre 2.200 y 3.000 en Gasteiz, según la convocatoria) a acudir a la formación de las mesas electorales, también bajo amenaza de penas de prisión o sustitutivos y multas económicas.

La obligatoriedad de la mili la “argumentaban” diciendo que la Defensa era cuestión de todos (así, en masculino) y por ello todos los hombres debían contribuir a ella. Pero lo cierto es que amparándose en el pretexto del bien común -la Defensa- lo que en realidad se imponía era un modelo muy concreto de ella (la Defensa militar), basada en principios, normas, ideologías y creencias que los insumisos (como gran parte de la sociedad) pensaban que servían para conculcar derechos más que para protegerlos. Así nació la insumisión, que consiguió acabar con la obligatoriedad de la mili y de la prestación social sustitutoria.

Bien pensado, lo que sucede con la obligación de formar parte de las mesas electorales no es muy distinto. Con el pretexto de contribuir a un interés común -la Democracia- lo que se nos impone es la colaboración con un modelo muy concreto de ella (la llamada democracia parlamentaria representativa), basado en principios, normas e ideologías que para una parte de las personas obligadas a formar parte de las mesas, lejos de contribuir a potenciar una verdadera Democracia (gobierno del pueblo), contribuye a constreñirla y limitarla hasta convertirla en una caricatura desdibujada, que no sirve sino para recortar la capacidad de autogobierno de las personas, para que sean protagonistas y artesanas en la definición y construcción de su presente y su futuro. Por eso reivindicamos el Des-Censo electoral y proponemos que se practique la desobediencia a las citaciones para asistir a las mesas electorales hasta conseguir acabar con su obligatoriedad.

La principal herramienta con la que pretende legitimarse la actual democracia representativa -que nosotras cuestionamos-, es la puesta en escena de los procesos electorales. Para ello le es imprescindible asegurarse la “complicidad” popular mediante nuestra participación, tanto en las votaciones como en el dispositivo electoral (básicamente, la constitución de las mesas electorales) que para ello se pone en marcha. Pero, curiosamente, mientras la no participación en el ejercicio del voto está reconocida como un derecho (mientras se trate solo de abstención pasiva), la participación en la constitución de las mesas está considerada como una obligación, y quien por motivos de ideología, creencia o conciencia cuestione ese modelo de democracia impositiva, será considerada delincuente.

Ante todo ello conviene preguntarse: ¿por qué esa imposición?, ¿por qué considerar delito la opción de no colaborar con un proceso que legitima un concepto adulterado de democracia? Más aún, ¿por qué ese “delito” cometido por decenas de miles de personas en cada convocatoria electoral (las que no se presentan a la formación de las mesas habiendo sido designadas para ello), sólo es perseguido en el caso de que se reivindique, es decir, adquiera trascendencia pública y dimensión política? La respuesta a todo ello nos parece evidente: porque sin imposición y sin coerción buena parte de la población no estaría dispuesta a colaborar con una farsa concebida para dar un barniz de legitimidad a un proceso que, en realidad, secuestra la posibilidad de que sean las propias personas las que decidan y se autogobiernen. Y porque lo que realmente temen es la dimensión pública que dé carácter de desobediencia civil a lo que hasta ahora ha sido una especie de apostasía electoral individual y silenciosa sin trascendencia (política).

Por ello apostamos por el Des-Censo electoral, algo tan sencillo de entender y practicar como que cualquier persona pueda causar baja voluntariamente en el censo electoral, renunciando a sus derechos (a votar y/o a ser votada) y a sus obligaciones electorales (a formar parte de las mesas).

Mientras la conscripción electoral siga siendo de obligado cumplimiento no nos quedará más remedio que hacer lo mismo que aquellos jóvenes de hace 25 años, que plantaron cara al servicio militar obligatorio hasta acabar con él: practicaremos la insumisión, la desobediencia civil, esa herramienta popular que nos permite plantarnos ante las injusticas e imposiciones de quienes gobiernan contra los intereses de quienes dicen representar. Dicho de otra forma, recuperaremos nuestra capacidad para decidir y hacer política (en su sentido más genuino) con nuestros actos y compromisos públicos, algo muy distinto a depositar una papeleta cada cuatro años para que “un puñado de políticos profesionales” decidan por todas.

Cuando en los años 80 y 90 decenas de miles de jóvenes decidieron unir sus fuerzas insumisas para acabar con la mili, entre sus motivaciones personales había argumentos muy variados, pero tuvieron el acierto de saber unir fuerzas en torno al elemento común más importante: luchar para que la juventud recuperara la libertad que el estamento militar pretendía arrebatarles, aunque para ello tuvieran que poner en juego esa propia libertad. Ellos y, principalmente, el apoyo popular que recibieron, hicieron que su desobediencia diera frutos mucho antes de lo que se pensaba.

Hoy somos muchas quienes sentimos que con las llamadas “democracias formales” se nos despoja de algo tan básico como la capacidad real de decidir sobre nuestro presente y futuro (la esencia de la democracia), y que el acto público con el que se representa formalmente ese secuestro es el proceso electoral. Por eso creemos que ha llegado el momento de unir públicamente nuestras voluntades insumisas, practicando mediante la desobediencia civil el Des-Censo electoral, hasta hacer inaplicable tal obligación, dando con ello otro paso más en la recuperación de nuestra capacidad para ser nosotras mismas quienes protagonicemos el “gobierno del pueblo”.

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